| Un
Rambler boca de pescado
convertido en ambulancia.
Motor Continentel
(caja de cuarta)
a 100 km por hora
por el barro
en Entre Ríos
con tres muertos temblando en la caja. |
Guirnaldas
de sábanas, se mecen,
en la terraza.
Y ella va buscarlo.
Por una calle de tierra,
a las dos de la tarde,
con los labios pintados.
Entre zaguanes encerados
y comentarios en voz baja.
Con música de telenovelas
brotando de las persianas.
Saltando zanjas,
rozando ligustrinas.
Siguiendo la pista,
del tipo que quema
cartas de amor,
con el cigarro.
Cuando la siesta
es un vacío
que la tarde no llena.
Cuando las cartas se queman
como si fueran de papel. |
El
tipo trenza
minutos, horas, y viento.
Cuenta las rayas clavadas
al lomo de la ruta.
La pampa,
horizontal y tumba
lo entreteje en su tiempo.
El tipo reza un chillido
a la cadera blanca de la luna.
Dice cosas escuchadas en los libros,
posee la vigorosa costumbre,
de hablar siempre de lo mismo.
Dice: Guarda-rail,
sangre,
nafta,
pólvora.
Y lanza estribillos obscenos
a los autos que lo alumbran.
Dice: las cosas suceden,
el tiempo se acaba.
Y felicita a los truenos.
Y brinda con los toros.
Y anda con sol y con luna.
Cansado de ser nada,
aburrido de estar aburrido,
con el alma muda.
Camina,
resopla.
Se aleja en silencio.
No le alcanza la ruta
para irse tan lejos. |
| Quitó
su montura de puntilla blanca,
y dos lunas descalzas
oscilaron, como péndulos cucú.
Brilló por un rato
la cabina del Bedford.
Pescados babosos se retuercen
en mi cráneo.
La bola de billar de la palanca de cambios.
El filo de sus labios.
Los estallidos, fríos,
del cromado.
Las pequeñas estrellas,
entre flores de lis,
de un tapizado
que no se fabrica más. |
Margaritos
Tereré
sin flor y sin sombrero.
Mostros de cola dura
y cierre relámpago,
tirados en el baño
de un tren
que llega a Rosario. |
El
gordo, en la banquina, patea cáscaras de sandía.
Un pibe disfrazado de Batman, guarda cascarudos en una caja.
El tipo pide tres deseos:
Salud, llegar a techar el galpón de los chanchos y olvidarse de todo
cada tanto.
Gaucho viejo duerme en el Falcon ciego.
Gomero acogota una cámara bajo el agua.
Los caballos pastan, entre máquinas oxidadas.
El ingeniero se recuesta en la parada del Chevallier,
y me dice que va a poner un criadero de ñandúes
para exportar plumeros a Europa.
La ruta brilla, como una cinta
de acero.
El camión se arrastra
transpira humo.
Aplasta el puente y escapa.
Atropellando perros por la panamericana. |
| En
el cielo transparente
vuela bajo,
muy bajo,
retardado y mudo
un DC-3 cromado.
me refleja,
leo Pan-Am
al lado de una ventanilla
arañada. |
Las
chicharras detienen su lamento
y un cardumen de largos autos negros,
navega,
por las calles de mi pueblo.
La brea se pega en los neumáticos
y el chofer aguanta un bostezo.
Brilla la frente inclinada,
del cura que espera el cortejo.
El tiempo cuela
los grumos del silencio.
El horizonte es una bruma
que disuelve los recuerdos.
Paredes verticales, resecas,
estancas.
La siesta transpira entre
sábanas blancas.
Largos pasillos con la piecita
en el fondo.
Una jaulita pequeña, y un
canario frío,
saltando, entre los barrotes de mi sien. |
Los
tractores hamacan,
su pena, en la huella.
Los herreros templan,
con orín de yegua,
el hierro furioso
que peina la tierra.
Los bagres anclados en la
garganta del río.
Un sapo abierto contra el
asfalto.
Jardines sitiados por enanos
de cemento.
Malvones podados a pelotazos.
Un lejano murmullo de camiones
discute
de nuevo
con la ruta. |
| Avenida Crovara
tres de la mañana.
Luces de mercurio
buceando en la niebla.
Trescientos milicos en el
playón de cemento
enrrollan frazadas al mismo tiempo.
El teniente furioso
busca una ficha de teléfono.
La plaza de armas cubierta
de acero.
Olor a gas-oil.
cañones, repuestos,
fusiles nuevos.
El sargento canta en guaraní.
El cabo llora en el baño.
Los pibes hacen cola
para disfrazarse de soldados.
Camiones cebados.
Bolsones al hombro.
Arengas.
Tambores.
Abrazos.
Gritamos el himno.
Se sabía que los héroes
iban a morir. |
Campo traviesa llegamos
a un polvorín subterráneo,
rodeados de cardos y caballos de polo
pasteando.
Fue abril, de aquel año.
Escuchaba en la radio
noticias del humo.
Y cargamos las balas
a cajón por espalda,
en filas de a uno.
Un caballo se escapa,
galopa desnudo,
lleno de tendones.
Y yo con las balas,
paradito como un boludo,
miraba.
Como espanta
el filo que aguarda.
Kamikaze arrepentido
cayendo en picada.
Gorditos argentinos diciéndose en la niebla.
Gritan gol, y se atragantan
con carne cruda y vino berreta.
La patria etílica,
derrama sus vides.
Sobre los pibes,
paraditos,
en la playa.
|
Todo trompo
es el espacio.
Tú más clara llamarada.
Carne zarpada,
dulce, como un pistón.
Labios al dente, corpiño marino,
cartílago claro se desprenden con las alas.
Se alquilan hombros para llorar.
El amor es un martillo forrado de pana.
La vida secreta de tus sabanas.
Los pecados de un bolígrafo.
Las vertebras desabrochadas que rebotan en la cama.
Minita de pueblo grande,
llena de firuletes y puteadas.
Dibujo banderías argentinas
en la curva de una nalga.
Ojitos de charco.
Tiburón en llamas.
Tu mejilla se disuelve
bajo el peso de una lágrima.
|
| Vasito chico, codito en
la mesada.
Resero blanco sanjuanino
a las seis de la mañana.
Extraños centauros.
Torso, pedal, y rayo,
pedalean rumbo al trabajo.
Esqueletos de hormigón.
Camiones encayados.
Viejos silos oxidados.
Morsas manchadas,
máquinas humeantes.
Filos carcomidos, giran,
lentamente.
Morochos melenudos,
cara de hacha, ojos de laucha,
cargan palas en un carro.
Lechonazos blancos,
de ciento veinte kilos,
arreglan tractores a martillazos.
Pegada a un balancín
de catorce toneladas,
hay una foto desnuda
de una chica de tapa.
El cielo perfecto,
la playa soñada.
Los brazos al viento,
la bikini a rayas.
El sol acuesta
su costillar
contra las chapas.
Y a mí, con una mueca,
me alcanza.
|
Sobre plaquetas recortadas
en cajas de terciopelo.
Sobre medallas con antorchas,
y trofeos sulfatados.
La convicción del insecto,
que trepa por su baba,
hasta el asa,
dorada,
de los campeones.
|
Madres hinchadas de vida,
se dan vuelta,
y sonríen a la cámara.
Mujeres esmirriadas,
con vientres hechizados,
enarbolan sus fetos,
como pararrayos.
Fecundidad de la carne,
alivio de señoras,
que arrastran niños embadurnados
por los pasillos
de los trenes.
|
| Nacemos, y al poco tiempo
somos una sombrita.
Después, pasan los años,
y nos convertimos en un inmenso
telón negro.
|
Nos dormíamos en los bancos de la estación
mirando las luces de la destilería.
Yo le hacía promesas a los tanques de petróleo,
y desde las escalerillas metálicas,
sentía el vientre de los jumbos
mugiendo,
bajo la luna.
Rezaba entre turbinas.
Quería ser cavernícola,
tener cuatro patas,
poder galopar.
Amanecí encerrado
en un corral de cenizas.
Perros gordos, a los gritos,
ensuciaron la transparencia de la noche.
Los tiburones nadan en el viento.
Flotan en los pasillos.
Dan vuelta el televisor,
y se lo tragan de un bocado.
Algo brillante
se me fue de las manos.
Sentado en la estación
espero los trenes que han partido.
Y a mi alrededor,
los pibes nuevos,
crecen como pasto.
|
Lloveran llaves
Y abriremos las puertas a baldazos.
|
|
Traman diplomas como golpes de estado.
Se alcanza a ver en sus cráneos
la forma de la budinera en donde se suicidaron.
Media vida queriendo ser lo que no son,
y la otra mitad,
quejándose.
Yo, que pintaba para bueno,
me baje en la esquina.
No juego más.
Tendré parpados en lujar de orejas,
y me sentare a escucharlos,
con una sonrisa.
|
Gaucho finito
viniendo de la laguna.
Ojos anchísimos,
mezclaos en la penumbra.
Espíritu cieguito,
galopando,
en la neblina.
|
Kartodromo de parias
el sábado, en la plaza.
Adolecentes limitados al rocanrol,
cierran filas,
en la puerta de la discoteca.
Orejean billetes como pordioseros
y me clavan miradas perfectas,
de dieciocho años,
sin cicatrices.
La vida se pudre en mi pecho.
El siglo veinte se hunde,
como el titanic,
y yo voy corriendo por los pasillos
como una mecha encendida.
|
|
|
|
|